La concepción tradicional del arte realista moderno
La metaficción en el cine actúa como el párrafo anterior: la atención de la ficción se dirige hacia la propia forma. El relato abandona su transparencia para convertirse en un artefacto que muestra sus propias huellas de producción: su autoría, sus influencias, sus problemas en la creación artística. Patricia Waugh la define como “un término dado a la escritura ficcional autoconsciente y que sistemáticamente dirige su atención a su estatus como artefacto para aclarar con ello cuestiones sobre la relación entre ficción y realidad”.
La metaficción consiste, por tanto, en desvelar los mecanismos que crean la ilusión cinematográfica, basada en el orden de los elementos, la coherencia narrativa, la causalidad, la unidad textual… una serie de características que buscan la identificación o simpatheia aristotélica por parte del receptor. Ahí es donde ataca la metaficción. Porque las ficciones, desde Aristóteles, tradicionalmente se han entendido como espejos de la realidad que reflejaban “lo que podría acaecer, las cosas posibles según lo verosímil o necesario”, como en el cine convencional o la literatura tradicional. La metaficción -también denominada reflexividad, ficción autoconsciente o relato narcisista- es un torpedo a la línea de flotación del ilusionismo. ¡¡Bumm!! El espejo se resquebraja y el espectador se cerciora de que está contemplando una película, una ficción, un invento artístico creado por una mente en ebullición creativa.
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